Funciones ejecutivas en niños: qué son y cómo afectan al rendimiento escolar
Dra. Paula Acosta, Neuróloga pediátrica a domicilio
«Recoge la mochila», «acuérdate de llevar el cuaderno», «¿has hecho los deberes?», «mañana tienes examen, ¿has empezado a estudiar?».
Para algunos padres, recordar a sus hijos constantemente lo que tienen que hacer termina formando parte de la rutina diaria. El niño puede saber perfectamente cuáles son sus responsabilidades y, sin embargo, parece necesitar continuamente que un adulto le indique cuál es el siguiente paso.
Aunque tendemos a pensar lo contrario, no siempre se trata de falta de interés, despiste o poca responsabilidad. Detrás de estas dificultades pueden encontrarse las funciones ejecutivas, un conjunto de habilidades cognitivas que nos permiten organizar nuestra conducta para alcanzar un objetivo.
Estas capacidades intervienen constantemente en la vida escolar: recordar instrucciones, comenzar y terminar una tarea, organizar el material, controlar impulsos, calcular cuánto tiempo necesitamos para las diferentes tareas o cambiar de estrategia cuando algo no funciona.
¿Qué son las funciones ejecutivas?
Las funciones ejecutivas son un conjunto de capacidades mentales que permiten dirigir y regular nuestro comportamiento para conseguir un objetivo. Entre estas capacidades destacan:
- Memoria de trabajo: retener información necesaria para ejecutar tareas.
- Planificación y organización: estructurar metas, secuencias de trabajo y materiales.
- Gestión del tiempo: calcular y administrar la duración de cada actividad.
- Atención mantenida y control inhibitorio: sostener el foco y frenar las respuestas impulsivas.
- Flexibilidad cognitiva y autorregulación: adaptar la conducta ante cambios y supervisar el propio desempeño.
Para que resulte fácil de comprender, imagínalo como el «director de orquesta» del cerebro. No realizan por sí mismas cada tarea, pero permiten coordinar diferentes capacidades para decidir qué tenemos que hacer, en qué orden y durante cuánto tiempo.
Por ejemplo, para hacer los deberes un niño no solo necesita conocer la materia. También debe recordar qué tiene que hacer, preparar el material, evitar distracciones, empezar la tarea, mantener el esfuerzo y comprobar que ha terminado todo.
Por eso un niño puede tener una capacidad intelectual completamente adecuada y, sin embargo, encontrar muchas dificultades para desenvolverse de manera autónoma en el colegio o en casa.
La memoria de trabajo: el «post-it» del cerebro
La memoria de trabajo permite mantener temporalmente una información en nuestra mente mientras la utilizamos, como una especie de «post-it mental».
Si decimos a un niño: «Ve a tu habitación, guarda las zapatillas, coge el libro de Matemáticas y mete la agenda en la mochila», necesita mantener esas instrucciones activas mientras va realizando cada paso.
Cuando la memoria de trabajo tiene dificultades, es frecuente que el niño:
- Olvide parte de una instrucción.
- Pregunte varias veces qué tenía que hacer.
- Pierda el hilo durante una actividad.
- Se olvide de llevar material al colegio.
- Tenga dificultades para seguir instrucciones con varios pasos.
- Necesite consultar continuamente qué viene después.
En el aprendizaje también resulta fundamental. La utilizamos, por ejemplo, para retener información mientras resolvemos una operación matemática o para relacionar lo que acabamos de leer con la frase anterior.
Organización y planificación: saber qué hacer y en qué orden
Planificar supone anticipar qué necesitamos para conseguir un objetivo, dividir una tarea compleja en pasos y establecer en qué orden debemos realizarlos. Las dificultades pueden hacerse especialmente visibles cuando aumenta la exigencia académica.
Pongamos un ejemplo muy común, ¿Alguna vez has dicho «sabía desde hace una semana que tenía examen, pero empezó a estudiar anoche»? Esta situación no siempre significa que al niño no le importe el examen.
El niño puede:
- No saber por dónde empezar un trabajo.
- Dejar las tareas para el último momento.
- Olvidar libros o material.
- Tener la mochila o los apuntes continuamente desorganizados.
- Empezar varias cosas y no terminar ninguna.
- Necesitar que sus padres supervisen cada paso.
Mientras las tareas escolares son sencillas, estas dificultades pueden pasar relativamente desapercibidas. Cuando aparecen deberes más complejos, exámenes simultáneos…, la necesidad de planificación aumenta y el problema puede hacerse mucho más evidente.
Gestión del tiempo: «pensaba que me daba tiempo»
Gestionar correctamente el tiempo también requiere funciones ejecutivas.
Un niño puede conocer perfectamente la hora a la que tiene que salir de casa y, aun así, comenzar a vestirse demasiado tarde. O puede pensar que terminar un trabajo escolar llevará veinte minutos cuando realmente necesita una hora.
Entre las manifestaciones más habituales de esta dificultad destacan:
- Invertir una cantidad excesiva de tiempo en actividades simples.
- Estimar de forma imprecisa la duración que requerirá cada labor.
- Incurrir en retrasos o puntualidad deficiente de manera reiterada.
- Iniciar el estudio o la elaboración de proyectos demasiado tarde.
- Dejar pruebas o exámenes incompletos, aun sabiendo las respuestas correctas.
- Depender de avisos y llamadas de atención continuas para agilizar el ritmo o realizar un cambio de actividad.
La percepción y organización del tiempo se desarrolla progresivamente. Por eso debemos valorar siempre estas conductas teniendo en cuenta la edad del niño y el grado de autonomía que razonablemente podemos esperar de él.
Control de impulsos: parar antes de actuar
El control inhibitorio resulta fundamental para frenar impulsos mecánicos y reflexionar antes de responder.
En el entorno escolar, esta función se manifiesta en situaciones cotidianas: aguardar el turno de palabra, mantener la concentración frente a ruidos del aula o finalizar una actividad antes de ponerse de pie.
Las dificultades en el desarrollo de esta habilidad suelen manifestarse a través de las siguientes conductas:
- Contesta precipitadamente antes de que concluya la pregunta.
- Interrumpe de forma reiterada las interacciones ajenas.
- Se pone de pie continuamente durante las actividades.
- Muestra problemas para gestionar la espera.
- Deja inconclusa una tarea ante el menor distractor.
- Acciona de manera impulsiva sin evaluar sus repercusiones.
Es importante comprender que las limitaciones en la inhibición no equivale directamente a una mala conducta. Se trata de un proceso cognitivo en evolución continua a lo largo de la infancia y la adolescencia.
Flexibilidad cognitiva: cuando cambiar de plan resulta difícil
La flexibilidad cognitiva nos permite cambiar nuestra forma de pensar o actuar cuando las circunstancias cambian.
Un niño la utiliza cuando tiene que:
- Pasar de una asignatura a otra.
- Aceptar que cambia un plan.
- Buscar otra forma de resolver un problema.
- Adaptarse a una norma diferente.
- Asumir que ha cometido un error y probar otra estrategia.
Los niños con dificultades en esta área pueden frustrarse especialmente cuando algo no ocurre como esperaban, quedarse bloqueados ante los errores o insistir repetidamente en una estrategia aunque no esté funcionando.
¿Cómo afectan las funciones ejecutivas al colegio?
El éxito académico va más allá de la mera acumulación de conocimientos. En este contexto, las funciones ejecutivas desempeñan un papel determinante durante el aprendizaje.
A lo largo de la jornada escolar, los estudiantes deben poner en práctica estas habilidades de forma continua para:
- Prestar atención activamente a las explicaciones del profesorado.
- Comprender y recordar las instrucciones recibidas.
- Organizar y mantener ordenados sus materiales de trabajo.
- Realizar sus tareas sin procrastinar.
- Mantener la concentración durante periodos prolongados de tiempo.
- Filtrar y bloquear las posibles distracciones del entorno.
- Planificar la preparación de exámenes y trabajos complejos.
- Autoevaluar su desempeño y corregir posibles errores.
- Entregar sus tareas dentro de los plazos fijados.
Esta realidad aclara un fenómeno muy común que suele desconcertar a los padres: a pesar de que el alumno entiende perfectamente la materia cuando se le explica en privado, sus notas finales no reflejan dicho nivel de comprensión.
La dificultad radica frecuentemente no en la asimilación de los contenidos, sino en las destrezas necesarias para estructurar la información y demostrar lo aprendido.
¿Por qué tengo que recordarle todo a mi hijo?
Todos los niños necesitan recordatorios. Las funciones ejecutivas maduran progresivamente durante la infancia, la adolescencia y los primeros años de la edad adulta.
Por eso no debemos esperar de un niño el mismo nivel de planificación, autocontrol y organización que de un adulto. Sin embargo, puede ser conveniente prestar atención cuando la dependencia de los recordatorios resulta claramente superior a la esperable para su edad. Por ejemplo, cuando el niño:
- Necesita supervisión constante para completar rutinas que conoce perfectamente.
- Olvida repetidamente instrucciones sencillas.
- Pierde objetos y material escolar con mucha frecuencia.
- Es incapaz de organizar sus deberes sin ayuda.
- Tiene grandes dificultades para empezar las tareas.
- Los problemas aparecen tanto en casa como en el colegio.
- Estas dificultades afectan significativamente a su aprendizaje, autonomía o convivencia.
Lo importante no es un despiste aislado, sino observar la frecuencia, la intensidad, la evolución y el impacto de estas dificultades en la vida cotidiana.
Cuando las funciones ejecutivas están alteradas
Tener dificultades ejecutivas no constituye por sí mismo un diagnóstico.
Estas dificultades pueden observarse en niños con perfiles muy diferentes y también aparecer temporalmente cuando existe cansancio, estrés, falta de sueño, problemas emocionales o una elevada exigencia académica.
Sin embargo, también pueden estar presentes en algunos trastornos del neurodesarrollo y del aprendizaje.
Entre ellos encontramos:
- Trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH). Pero tener dificultades ejecutivas no significa necesariamente tener TDAH.
- Trastorno del Espectro Autista (TEA).
- Otros trastornos del neurodesarrollo.
Por este motivo, no debemos concluir que un niño tiene TDAH simplemente porque sea desorganizado, olvidadizo o necesite muchos recordatorios.
Cuando las dificultades son persistentes y afectan significativamente a diferentes ámbitos de su vida, una valoración profesional permite estudiar qué está ocurriendo y determinar qué tipo de apoyo necesita.
¿Cómo podemos ayudar a un niño con dificultades en las funciones ejecutivas?
Estar recordando todo continuamente es una solución puntual, pero la meta prioritaria a largo plazo debe enfocarse en proporcionar herramientas al menor para que adquiera una independencia progresiva.
Para lograrlo, se pueden aplicar pautas estratégicas como las siguientes:
- Estructuración de tareas: descomponer las actividades complejas en etapas más cortas y sencillas.
- Comunicación clara: transmitir consignas directas, precisas y breves.
- Apoyos visuales: emplear listas, agendas o calendarios de fácil consulta.
- Rutinas estables: diseñar hábitos cotidianos y esquemas predecibles.
- Sistematización de hábitos: organizar la mochila mediante un método fijo y repetitivo.
- Gestión del tiempo: usar temporizadores para facilitar la percepción objetiva del tiempo transcurrido.
- Autorrevisión: fomentar la capacidad de supervisar y evaluar sus propios resultados.
- Retirada gradual de apoyos: disminuir la intervención del adulto a medida que el niño demuestre mayor autonomía.
Debido a que las funciones ejecutivas son susceptibles de entrenamiento y mejora, la finalidad principal no radica en asumir la gestión personal del estudiante, sino en brindarle bastidores externos que aprenda a interiorizar y aplicar de manera autónoma con el tiempo.
¿Cuándo conviene consultar con un profesional?
Resulta aconsejable solicitar una evaluación especializada en aquellos casos donde las dificultades de atención, memoria, planificación o autorregulación manifiesten las siguientes características:
- Intensidad elevada: Muestran una severidad sensiblemente mayor a la esperada en comparación con iguales de su misma etapa evolutiva.
- Persistencia temporal: Se prolongan y mantienen de forma continuada a lo largo de los meses.
- Generalización de entornos: Se observan de manera consistente en diversos ámbitos de su vida diaria (colegio, hogar, entorno social).
- Impacto familiar: Dan lugar a tensiones o discusiones recurrentes dentro del ambiente del hogar.
- Repercusión académica: Influyen negativamente en sus resultados académicos y en su desempeño escolar o precisan un sobreesfuerzo para mantener unos resultados adecuados.
- Afectación emocional: Ocasiona sentimientos continuos de frustración o merman su autoconcepto.
- Dependencia de terceros: Generan una necesidad desproporcionada del acompañamiento y la supervisión del adulto.
A través del proceso de valoración profesional se logra diferenciar si estas manifestaciones corresponden a variaciones individuales del propio desarrollo madurativo, a compromisos específicos en determinadas funciones ejecutivas o a indicadores vinculados a un trastorno del neurodesarrollo.
Comprender con precisión las causas subyacentes que interfieren en la rutina diaria del menor constituye la base esencial para diseñar e implementar las herramientas pedagógicas y terapéuticas más convenientes, impulsando así su autonomía progresiva.
¿Qué son las funciones ejecutivas y cómo afectan al aprendizaje?
Son un conjunto de procesos cognitivos que nos permiten planificar, focalizar la atención, recordar instrucciones, organizarnos y gestionar varias tareas simultáneamente. En los niños, son fundamentales para seguir el ritmo escolar, gestionar el tiempo de los deberes y autorregular su conducta.
¿A qué edad se desarrollan las funciones ejecutivas en los niños?
Comienzan a desarrollarse en los primeros años de vida (hacia los 2-3 años) y continúan su maduración de forma progresiva durante toda la infancia y adolescencia, alcanzando su pleno desarrollo alrededor de los 25 años.
¿Cómo se pueden entrenar las funciones ejecutivas en casa?
Se pueden potenciar mediante rutinas visuales bien estructuradas, dividiendo tareas complejas en pasos sencillos, utilizando juegos de mesa que requieran estrategia y paciencia, y enseñando al niño a revisar su propio trabajo antes de darlo por terminado.




